Volver a casa

El domingo 20 de octubre del año 2013, mi madre (Silvia) tenía su primer permiso para visitar su casa. Era el día de la madre y habíamos gestionado la posibilidad de un almuerzo con ella.
No. Silvia no estaba presa. Mi madre estaba en una clínica de rehabilitación después de haber sufrido un ACV. Había pasado casi un mes del evento. Desde entonces no había vuelto a su casa ni había visto a sus nietos.
A media mañana la fuimos a buscar. Me dieron todas las indicaciones para la alimentación por sonda nasogástrica y llegamos a casa con algo de tiempo para que ella se estabilice emocionalmente antes de que lleguen los restantes integrantes de la familia.
Ya en casa, la primera reacción increíble fue la de Lola. Nuestra perra inquieta y bruta, se echó en el suelo y la observaba. Nada de saltos, corridas y escenas como era su costumbre. En total quietud, no le sacaba los ojos de encima.
Un rato más tarde llegó Sofia. Todos estábamos preocupados por su reacción. Su abuela estaba mucho más flaca, alimentándose por una sonda y sin poder hablar.
Antes de almorzar, Sofi se escurrió por debajo de la mesa y se sentó a su lado. Todos nos dimos cuenta que estaba algo incomoda. Le hablaba a su abuela y de vez en cuando desviaba la mirada para darse algo de descanso. No forzaba nada en su habla. Parecía comprender el tema de la afasia de comunicación de su abuela mucho mejor que varios mayores, que modulaban excesivamente al hablarle. Sofi seguía ahí, estoica, intentando trasmitirle cariño a su abuela, a pesar de cierta incomodidad con la escena.
Después de un rato de contarle cosas, agarró un papel y una fibra rosa y le pidió a su abuela que le hiciera algo. Todos quedamos expectante. Nadie sabía si era capaz de poder escribir o dibujar. Era muy posible que fuera su primer fracaso y sabíamos la situación dolorosa que iba a ser.
Con su mano temblorosa, agacho su cabeza y empezó a trabajar. Pasaron unos minutos y le entregó el papel a su nieta. Sofia lo miro y sonrió grandote.
El papel tenia dibujado dos globos atados con un moño y el nombre Sofia…

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El deseo

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Caminaba por la calle. No recuerdo si volvía del trabajo o simplemente salí a caminar. Recuerdo que era otoño de mil novecientos cincuenta y cuatro. Un señor mayor con bastón tropezó unos metros delante de mí. Corrí a asistirlo.
– Gracias joven- dijo el hombre mientras se sacudía el polvo de sus ropas. -¿Cómo es su nombre?- preguntó el anciano. -Julio- respondí. A otra persona le hubiera mentido, pero el anciano me dio confianza. Era dudoso, temeroso, por eso hubiera mentido, pero nada tenía que temer con este anciano que se caía por las calles.
– Mucho gusto Julio. Soy Alfredo. Quiero recompensarte por tu ayuda-. Automáticamente hice un gesto de negación con mi mano. No quería quitarle nada al pobre hombre, pero el hombre siguió – Soy brujo. Quiero regalarte un deseo-. Mi cara de desconcierto fue evidente e intente una sonrisa de compromiso para el abuelo con indudables problemas. –Veo que no me cree joven. Solo tiene que saber que en todo deseo hay una trampa. No es una trampa que yo imponga. Es un resultado inexpugnable de cualquier deseo. Por eso, joven, piense bien lo que va a pedir-.
El anciano me miraba serio. Pensé que era un viejo con problemas que andaría perdido, por eso le sugerí – ¿Lo acompaño a algún lado?-. – Mire Julio, no voy a quedarme toda la tarde insistiendo con mi ofrenda. Así que le insisto: le otorgo un deseo y es la última vez que se lo ofrezco. Si no lo quiere, cada cual seguirá su camino. Ha sido muy amable conmigo, por eso le reitero su oportunidad. De tratarse de otra persona que me miré con esa cara de “este viejo está loco” ya lo hubiera mandado a la mierda-. Solté una lógica carcajada al escuchar las palabras de aquel viejo.
Rápidamente saqué mis cuentas: Si este viejo es un loco (como yo creo), todo va a seguir igual. Eso no sería un problema. Pero si no es así ¿qué puedo pedirle? Malditas mis interminables dudas, siempre interfiriendo en todo.
– Le pido no tener más dudas-. Solté en ese instante. – Bien, bien. ¿Pensó en las implicancias de su deseo joven?-. Repasé mentalmente, sin más ganas de darle vuelta al asunto y después de tres gestos rápidos con mi cabeza conteste – Si-.
-Muy bien Julio, deseo concedido. A partir de mañana no existirán dudas en su vida-. El hombre estiró su mano y yo la mía para estrecharlas. – Adiós Julio-. Lentamente caminó hacia la esquina, a unos quince metros. Con algo de disimulo, esperé unos segundo y seguí sus pasos. Al girar en la esquina el hombre ya no estaba.
Hoy, sesenta y tres años más tarde, en el ocaso de mi vida, confieso mi tortura. Desde el día siguiente mi vida cambió de forma rotunda. Tuve dinero, mujeres, poder, pero mi vida fue vacía desde entonces. Hoy, tan viejo como aquel hombre, me gustaría darle un consejo a aquel joven que fui: Permitite dudar. Es el combustible que nutre al arte, a la ciencia. No existe tensión creativa sin ese combustible, posibilidad de cambio, expectativa o sorpresa. No existe vida sin LA DUDA…

Julio Armendi (14 de abril de 1928- 3 de febrero de 2017)
Carta hallada en su casa junto a su cuerpo.

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Casualidades

Aporte a Historia sin fin. El desafió: Iniciar el cuento con la primer frase de “Uno de cada tres” de Augusto Monterroso.

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“Está dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta…” Comenzaba la hoja escrita a mano, en perfecta imprenta mayúscula. En ese momento me detuve a mirar el sobre que me había alcanzado Virginia al entrar a la oficina.
-“Buen día doctor. Le llegó esta carta”- me dijo la amable secretaria y mientras caminaba abrí el sobre sin darle ninguna importancia. Pero ahora que me senté y la primer frase me llama la atención, miro el sobre y veo mi nombre en ambos lados “Rte: Gastón Ángel Martinez”, “Destinatario: Gastón Ángel Martinez”.
Sin dudar un segundo, con la mano algo inquieta, vuelvo mis ojos a la hoja: “… Se sorprenderá de notar que nos llamamos exactamente igual. Se sorprenderá, pero a mí ya nada me sorprende. Quizás perdí la credulidad aquella tarde de primavera de mil novecientos setenta y siete.
Se sorprenderá, pero sé muchas cosas de usted doctor. Sé que en aquellos años trabajaba para un sindicato. Sé que aquel jueves veintinueve de septiembre, cerca de las cinco de la tarde, usted debía pasar por la calle Gral. Lamadrid entre Av. Bartolomé Mitre y Estanislao Zeballos en Avellaneda…”.
Cada letra de la carta es pesada, con datos certeros e inquietantes. Mis manos se mueven cada vez más y mi mente se impacienta por conocer de que se trata todo esto.
“Sepa doctor que tenemos, más o menos, la misma edad.  Sepa que soy profesor de literatura. Sepa que aquella tarde mi portafolio contenía papeles de un trámite sucesorio iniciado luego de la muerte de mis padres”.
¿A dónde apunta este hombre? Me impacientaba tanto dato uno atrás de otro.
“Sepa que mi caminar era lento y tranquilo, disfrutando el aire de aquel día. Sepa que me sorprendió, pero jamás sospeché cuando el hombre parado junto a un Falcon me dijo -“¿Gastón Martinez?”- y yo, con cierta cara de sorpresa, pero intentando ser cordial, contesté -“Si”-.
Perdón si escribo esta carta y perturbo su paz. Una vez ingresado al Falcon y con una capucha en mi cabeza, no pude saber donde me llevaron.
Pasé los peores trece días de mi vida. Le ahorro los detalles, pero fue muy difícil explicar que no soy abogado. Que los papeles, mi nombre y mi ubicación aquella tarde fueron una tremenda coincidencia. En vano fueron mis suplicas ante las descargas y los golpes. Hasta que por fin se dieron cuenta que decía la verdad. Entendieron que ninguna persona cuerda iba a aguantar tanto castigo sosteniendo una mentira.
Aún despierto, sudando frio, con sueños que me remiten a aquellos días. Aún desconfío si alguien me pregunta mi nombre por la calle.
No sé por qué escribo esta carta. Posiblemente con el fin de poner en su conocimiento lo que pasó hace treinta años. Quizás solo para contarle que el destino y la casualidad quisieron salvarle la vida y marcar la mía para siempre. Si para usted tiene sentido lo ocurrido, espero que me lo haga saber. A mí, desde aquel día, ya no me sorprende nada”

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Sobrevivientes del Titanic

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Tirado en su cama, Ignacio empezó a recordar como su familia se había ido al carajo. Recordó el corto tratamiento de rayos y quimioterapia de su madre antes de morir. A esa imagen le siguió la falta de importancia que le dieron, con su hermana mayor, las primeras veces que vieron tomar a su padre. Hasta entonces Juan Carlos no tomaba más de una copa en algún brindis. Pensaron que era un proceso natural, una forma de expresión temporal de un contador estructurado al que la vida le dio un gran sacudón.
Recordó, tirado ahí, las peleas de su hermana Carolina con su padre, todas nacidas en los evidentes problemas con el alcohol. Volvió a sentir la soledad de la tarde donde su hermana se fue de la casa. -“La perdimos todos, no vos solo. Vas a seguir perdiendo cosas si no parás”- gritó Carolina y Juan Carlos respondió con una cachetada. Los momentos que siguieron los intentaba olvidar, pero volvían a su memoria una y otra vez. Gritos, su hermana armando un bolso, llantos, pedidos de perdón, portazo.
Las charlas con su tío Ernesto -“No sé qué hacer Nachito. No quiere escuchar a nadie”-. Se sentía solo, sentía el vacio en su pecho y decidió buscar compañía.
Se levanto de la cama y escribió en un buscador “familiar de alcohólico”. Dentro de los resultados encontró un grupo de ayuda de familiares y amigos de alcoholicos que tenia dirección de su ciudad. Miró día y horario de reunión. Faltaban dos días para el encuentro e iba a aprovechar ese tiempo para tomar la decisión.
El día de la reunión pensó que no existía posibilidad de un resultado negativo en su asistencia. Caminó hasta el lugar y en la puerta vio a una señora fumando. Se miraron y la señora consulto -“¿Venís a la reunión?”-. Ignacio afirmó con la cabeza, algo avergonzado. -“Subamos”- dijo la señora, mostrándole el camino.
En la habitación había otra persona organizando cosas. -“Un amigo nuevo”- dijo la señora, mientras que el hombre le estiraba la mano a Ignacio y comenzaba a darle explicaciones -“Somos un grupo de familiares y amigos de alcohólicos. Acá podes dar el nombre que quieras. Puede ser tu nombre real o uno ficticio. Es tu elección”-. Ignacio tomaba apuntes mentales, entre los nervios, de lo que le estaban explicando mientras asentía con la cabeza. El hombre siguió -“Hoy vas a tener que presentarte por ser tu primera vez. No estés nervioso. Todos pasamos por esto. Todos te entendemos”-.
En esos instantes comenzaban a entrar nuevas personas que se abrazaban, como viejos amigos. Todos se presentaban cálidamente con Ignacio. Nadie tenía gesto de preocupación, cansancio o tragedia. Ignacio se imaginó ser unos de ellos en un tiempo y sintió alivio. Fueron tomando asiento, todavía internados en sus charlas.
-“Bueno, vamos a empezar”- dijo le hombre que estaba solo en la habitación en la llegada de Ignacio. -“Yo soy Juan, para el nuevo compañero que no me conoce. Voy a ser el coordinador de la reunión”-. En la habitación ya reinaba el silencio. -“Vamos a empezar con la lectura de hoy y después se va a presentar el nuevo integrante”- remató el señor y a Ignacio comenzaron a ganarle los nervios. Unas diez personas escuchaban atentos cosas que Juan leía e que Ignacio no lograba decodificar. Entre sus nervios y la revisión de los semblantes, su mente estaba en otra cosa.
-“Bueno, ahora sí. Te voy a pedir que te presentes, que nos cuentes lo que te pasa y como llegaste acá”-. Ignacio no había logrado hacer el esfuerzo de pensar otro nombre.
-“Hola a todos. Me llamo Ignacio, tengo veinte años…”- alcanzo a decir con un nudo en la garganta. Contó sus problemas como pudo. Entre lágrimas incontenibles, silencios ante miradas expectantes y caricias en su espalda de la señora de la entrada, pudo completar su exposición. No sabía si había hablado durante diez minutos o una hora. El resto de los presentes le daban palabras de aliento y el no podía contener los espasmos provocados por el largo llanto.
Jorge tomó la palabra, alentó a volver a la próxima reunión a Ignacio. Recordó que el grupo necesitaba la colaboración económica de los miembros -“Ignacio, cada uno aporta lo que puede. Diez pesos, dos, lo que puede”-. Luego todos se tomaron de la mano, bajaron la cabeza y empezaron a recitar al unisonó: -“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia. Amén”-
Todos comenzaron a saludarse. La reunión había terminado e Ignacio seguía aturdido. Salió del recinto conjuntamente con Jorge y Ana (la señora que lo había recibido). Jorge lo seguía alentando y cuando se fue a saludar a otros integrantes Ana aprovecho -“Me gustaría ser tu madrina”-. Los ojos de Ignacio delataron su sorpresa y Ana, atenta a la reacción, aclaró -“En el grupo todos tenemos un padrino o madrina con quien estar en contacto permanente”-. El tono dulce de Ana lo convenció al instante. -“Igual, es para que lo vayas pensando. En tu quinta reunión te van a preguntar quién te gustaría que sea”-.
Ignacio pasó la semana siguiente pensando en el grupo. Había algo raro en todo eso. ¿Cuál era el fin del grupo?¿Como ayudaban al familiar y al alcohólico? Tenía muchas cosas por averiguar. Esa misma tarde llegó y saludó de forma más fluida a las personas que estaban en el lugar y a las que fueron llegando.
Todos sentados alrededor de la mesa, Juan comenzó con las palabras. Ignacio presto atención, esta vez, a lo que se leía. También aprovecho el momento para mirar a una señora que no había estado presente en la reunión anterior. Empezó a notar, lentamente, que la lectura hacía referencia a cuestiones cotidianas y a la importancia del grupo. Nada decía aquello de la persona enferma.
Terminada la lectura, la nueva mujer (al menos nueva para él) levanto la mano. -“Clara ¿Cómo estás? Tanto tiempo”- dijo Juan para cederle la palabra. -“Hola a todos. Los extrañé mucho. La verdad que estuve viajando por cuestiones de trabajo. Por eso tuve esta larga ausencia”- arrancó la mujer. -“Como todos saben, mi familiar ya no está en mi vida, pero las manchas no se borran a pesar de los años”- siguió. Desarrolló una historia de rencores que parecían lejanos. En la mente de Ignacio pareció aclararse la situación. Pensó que la historia se refería a un padre alcohólico fallecido. Entonces aprovecho la cercanía a su historia para consultar, con mucha vergüenza, pero interesado en el tema -“Perdón ¿Y qué pasó con tu papá? ¿Falleció de algo relacionado al alcoholismo?”-. Clara, algo fastidiada por la interrupción de Ignacio, quien no recordó las reglas de las reuniones, contestó -“No. No era mi papá. Es mi ex esposo. Esta vivito y coleando, aun que no lo veo hace cinco años”-.
Ignacio se sonrojó y no volvió a emitir palabra durante toda la reunión. Se dedicó a escuchar las historias y palabras del resto. Todos lamentaban la enfermedad de sus seres queridos. Una sola madre contaba su alegría por los progresos de su hijo. -“Lleva dos meses sin tomar”-, decía la mujer con lagrimas en los ojos.
La reunión terminó y esta vez Ignacio apuró el trámite de su salida. Tenía muchas cosas que analizar. Creyó haber descubierto algo en ese grupo y tenía que confirmarlo para saber cómo proceder. Toda la semana pensó en la forma de lograr un test efectivo para sus sospechas. El día de la siguiente reunión Ignacio se presento unos minutos antes. Golpeó la puerta de la habitación y escucho -“¿Si? Pase”-. Distinguió rápidamente la voz de Juan del otro lado. -“Ignacio, el otro día te fuiste rápido y quería hablar con vos”-. Ignacio respondió -“Perdón, llegaba tarde a la facultad”-. -“No hay problema. Me gustaría saber cómo te estás sintiendo. Estas por empezar el sistema de recuperación de doce pasos. Me gustaría que leas el libro de iniciación y algún libro de reflexiones diarias. Acá hay algunos para prestar o los podes comprar”- y apuró a aclarar -“Son de bajo costo. Es una organización no lucrativa. Es conveniente tenerlos”-.
Ignacio asentía con la cabeza. Juan tenía tantas certezas y él tantas dudas que le costaba entablar una conversación. -“En dos reuniones más empezarías el proceso. Deberías elegir un padrino o madrina. Vi que te llevas muy bien con Ana. Podes elegir a quien quieras, pero ella no ha sido elegida y se lo merece”- dijo al tiempo que guiñaba un ojo.
Ignacio tomó fuerzas para realizar una consulta y arrancó -“Juan, yo te quería preguntar ¿Cómo puedo ayudar a mi papá? Porqué hasta ahora hablamos mucho de mí, pero no sé cómo ayudarlo”-. -“Claro. Mira, este grupo es un grupo que se dedica a darle apoyo al familiar o amigo del alcohólico. El enfermo…”- el discurso de Juan se vio interrumpido por tres golpes en la puerta. Juan abrió la puerta y lo que había detrás de ella dejo sin respiración a Ignacio.
-“Hola ¿Cómo estás?”- consulto Juan a la joven. -“Hola. Bien. Venia a la reunión… Hola Ignacio”- dijo la joven mientras su cara comenzaba a ponerse colorada. -“Perdón ¿Se conocen?”- consultó Juan. -“Si. Cursamos juntos algunas materias de la facultad”- respondió Ignacio. Samanta era una compañera de algunas materias. Callada y seria.
-“Chicos, acá nadie se conoce con nadie. Deben tratarse como si no se conocerían. ¿Sí?”- dijo Juan y siguió con su discurso de bienvenida a Samanta. Ahora Juan no había podido evacuar su duda y estaba increíblemente incomodo con la situación. La habitación se fue poblando y el inicio de la reunión era inminente. Ignacio intentaba rehacer su estrategia mientras se daba la lectura inicial.
Juan presento a la nueva integrante. Samanta se presentó con su verdadero nombre y empezó a exponer su situación. Su madre era alcohólica y la situación era desesperante. A las pocas palabras la chica se quebró en llantos. Ignacio prestaba atención y diagramaba sus acciones.
Samanta seguía hablando, como podía -“… y no sé qué hacer. Por eso estoy acá. Necesito de su ayuda”-. Ignacio tomo coraje, respiro profundo. Espero tres latidos de su corazón y levanto la mano. -“Si Ignacio”- dio lugar Juan. -“Samanta, te entiendo. Mi padre se hundió en el alcohol para ahogar un dolor muy grande. Sin embargo estamos acá para apoyarnos entre nosotros. Para vivir bien a pesar del enfermo que tenemos en nuestro entorno..”- hizo una pausa y miro a los presentes que asentían con la cabeza. -“… Todos acá te entendemos y te apoyamos, pero no podemos postergar nuestras vidas culpa de un familiar o amigo”-. Solo de decirlo se le erizaron los pelos del cuerpo.
Los semblantes de los presentes le indicaron que su lectura era la correcta. Ignacio entonces comenzaba a entender:
De pronto los vio vestidos de gala, con ropa antigua y salvavidas puestos. Los vio en los botes de emergencias, sentados, dispuestos a salvarse. Atrás dejaban todo.
Terminada la reunión, Ignacio saludó uno a uno a los presentes. No los culpaba. A cada saludo desabrochaba un nudo de las tiras de su salvavidas. Bajó del bote sin mirar atrás y pisó nuevamente el barco que lentamente se hundía…

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Jaime y su Tarata

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Después de una semana en Bolivia, llegaba el último día. Habíamos recorrido varios lugares y ese domingo nos quedaba sin un plan definido. Buscando información, en los días previos, encontré sobre un pueblo.
Tarata se encuentra lo suficientemente cerca de Cochabamba para ir y volver en el día. Es un pueblo colonial, donde los Franciscanos instalaron sus imprentas para la evangelización de Bolivia. Fue nombrada dos veces capital del país. Sonaba interesante y decidimos tomar esa opción como despedida.
Las combis salían desde el mercado central y la mañana del treinta de septiembre de dos mil dieciséis caminamos, unas veinte cuadras, hasta ese lugar. Entre malos olores, caos y avisos de que era un lugar peligroso para los “gringos” (no voy a extenderme en esa experiencia), encontramos el medio de transporte para ir al pueblo.
Tarata se encuentra a unos treinta kilómetros de Cochabamba, pero el camino montañoso hace que el viaje dure algo más de una hora; tiempo en el cual llegamos a la plaza principal del pueblo. La plaza se encontraba llena de gente bañada en papel picado. Había un ambiente festivo y mientras pagaba el viaje, un chico se acercó con el inconfundible atuendo de la comunión.
Al mirar la plaza y su entorno, tuve una sensación muy rara. Supe, al instante, que ahí sucedieron cosas importantes, pero el pueblo había quedado detenido en el tiempo. Literalmente detenido.
La plaza se fue vaciando rápidamente y después de preparar el mate, caminamos sin rumbo fijo, a paso lento, observando una arquitectura con siglos de antigüedad, carente de todo mantenimiento, por calles de tierras angostas. Muy pocas personas transitaban por esa zona del pueblo, pero siempre viene a suceder algo mágico para salvar ciertas situaciones.
Un hombre venía caminando de frente a nosotros, saludando a los pocos transeúntes que pasaban. Nos pareció lo suficientemente simpático para preguntarle los lugares a visitar en el pueblo, por eso paramos y le hicimos la consulta. Jaime (así era su nombre) se dispuso, sin dudarlo, a hacer una síntesis histórica brillante de Tarata. No sé cuánto tiempo estuvimos parados en el medio de la calle escuchando a Jaime. Puede haber sido una hora o pueden haber sido dos. Una vez más, Tarata quedaba detenida y nos sumergíamos en tiempos pasados.
Jaime es arquitecto y escritor. Actualmente vive en La Paz, pero todo fin de semana que puede viaja a Tarata, donde vive su madre. Fanático de Mariano Melgarejo, uno de los tres presidentes Bolivianos que tuvo Tarata, muy discutido hasta el día de hoy. Dedicó un libro a contar -“la verdadera historia de Melgarejo”-. Nos contó el nacimiento de Tarata, la imprenta Franciscana, la escuela de oficios y arte que ahí se desarrolló. La llegada y el choque cultural con otras corrientes europeas. Los arroyos que cruzaban la ciudad (hoy inexistentes), poblados de jóvenes buscando refresco. Las caminatas en la plaza, hombres caminando para un lado y mujeres para el otro. El mejor regalo para una dama en aquellos tiempos -“un higo de tuna”-.
Los ojos le brillaban de recordar. Los faroles en las puertas de las casas -“si se apagaba el farol y no llegabas a tu casa, dormías afuera”- nos contaba. Los traslados de pianos para cantar serenatas. Si, leen bien, cargaban pianos hasta la puerta de la muchacha en cuestión. Nos señaló que prestemos atención a las Liras que decoraban los balcones de muchas casas, esa era la señal de un lugar de romanticismo, arte y cultura. Sin embargo al terminar ciertas frases sus ojos se apagaban y sentenciaba -“Ya no queda nada de todo eso…”-.
Después de volcar todos sus recuerdos, nos invitó a tomar una Chicha. No quisimos restarle más tiempo y recién empezábamos nuestra caminata. El amable caminante siguió su rumbo y nosotros el nuestro.
Es increíble cómo actúan los recuerdos, los anhelos, las búsquedas. Jaime, por su especialidad, vivió en muchos lugares (incluido Argentina). Tiene recuerdos de todos lados, pero no logra despegarse de la necesidad de visitar Tarata, tomar su chicha y recordar, así no quede nada de lo que recuerda. Así después del recuerdo venga el dolor. El dolor de saber que lo que busca en ese lugar no existe. El dolor de ver las ruinas de un pasado floreciente. El dolor de saber lo que fue, lo que pudo llegar a ser y lo que es. El dolor de saber que no tiene el poder de cambiar nada de esa realidad, pero con la necesidad de estar ahí.
Jaime prepara un libro sobre la historia de Tarata y yo a miles de kilómetros recuerdo ese momento. Lo recuerdo mágico. Mágico por hacerme ver aquella Tarata.
Esto pasó hace un poco más de un mes y ya parece otra vida.

A Jaime y sus recuerdos
Con cariño
Mariano

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El Cielo de Hilario

El siguiente cuento fue reconocido con el quinto puesto en el concurso “Termas te cuento: La vida en el campo y el trabajo rural”.

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-“Ocho años sin visitar a Hilario”- pensó, mientras transitaba la ruta. Mario aprovechó su estadía en la ciudad de Necochea, dejó a su familia en la playa y se fue para la ciudad de San Cayetano a hacer la visita correspondiente.
-“¿Cómo estará el viejo Hilario?”- se consultaba así mismo, sin poder esconder cierto nerviosismo por el encuentro. Recordaba nítidamente las primeras veces que se subió, con Hilario, al “cacique”. Un tordillo tranquilo que Hilario ensillaba para sacarlo a pasear por el campo. No tenía más de tres o cuatro años en aquel entonces. Recordaba las primeras clases de manejo en la Ford f-100, que con toda paciencia recibió de Hilario a sus once o doce años.
Se encontró sonriendo al recordar el día que lo salvo de un ternero que lo corrió por un lote. Estaba a punto de parar por su cansancio y era evidente que se iba a llevar un buen topetazo del animal. Después de divertirse un rato, porque Hilario tampoco le hacía todo tan fácil, espantó a la cría y puso fin a su escape infantil.
Hilario Sánchez siempre estuvo presente en la vida de Mario. Era el encargado de “La Salada”, el campo que su familia tuvo durante largas décadas. Primero trabajando para su abuelo enrique. Luego llego el turno de su padre, Alberto, donde Hilario fue tomando más relevancia en el manejo del campo. La confianza era total y Alberto descansaba muchas decisiones en la razón y sapiencia de Hilario.
Los nervios de Mario crecían a cada kilometro recorrido. Su padre un día le aclaró -“Hilario es familia hijo. No es un empleado, es familia.”-. Y siempre había sido así. Hilario había estado en cada fiesta familiar, en cada cumpleaños. En el casamiento de su hermana, en primera fila. En su egreso de la secundaria. En su nacimiento.
Habían pasado ocho años desde la última vez que lo vio. Lo cruzó por casualidad en la puerta de un negocio. El abrazo del viejo fue una clara evidencia de lo que su padre le decía -“Hilario es familia hijo”-. Ese abrazo transmitió esa sensación. Pueden pasar años, décadas, pero el cariño siempre va a estar.
-“¿Por qué vengo tan poco?”- pensó Mario y su mente le disparó una serie de respuestas al instante: familia, tiempo, trabajo, distancias… una idea se le cruzó al final de la lista -“¿Y si Hilario murió?”-. Solo pensarlo le erizo los pelos en todo su cuerpo. ¿Cómo iba a explicarle a la memoria de su padre que Hilario murió sin una visita en ocho años? O peor, porque la última vez se cruzaron, de casualidad, y Mario no pudo hacerse tiempo a los mates que Hilario le propuso para esa tarde. -“No, no puede ser”- descartó rápidamente, limpiando (al menos temporalmente) su conciencia. -“Alguien me habría avisado si eso hubiera pasado”-.
-“Cuando nací Hilario tenía… ¿Cuarenta y nueve? Si, cuarenta y nueve me contaba. ¡Era un pibe! me decía el viejo”- repasaba Mario y apuraba las cuentas. -“¿Noventa y un años tiene?”- y las dudas volvían a surgir -“Alguien me habría llamado… Alguien me habría avisado…”-. Sentía, de alguna forma, la obligación paterna en su espalda. No tenia excusas validas para una ausencia tan larga. No valdría, para su padre Alberto, ningún justificativo. Eso lo tenía claro y le pesaba.
Pasó por energia. De la ruta dos veintiocho tomó la rotonda a la derecha, enganchando ruta setenta y cinco a san Cayetano. -“¡Qué cosa! Para ir hay que ir. Nada de andar pasando por san Cayetano…”- pensó y se rió del asunto. Hoy, a la distancia, sabe que su lugar natal no es muy conocido y reconoce la razón. Muchos lugares son conocidos por ser lugares de paso, al costado de una ruta. Este no es el caso.
Unos kilómetros adelante la nostalgia se le iba a hacer carne. La salada, el campo que antiguamente había sido de su familia, estaba con la tranquera cerrada y una maquina trabajando. Después del fallecimiento de su padre, hacían ya quince años, su madre había tomado la decisión de vender el campo. Con el dinero, Josefina, hizo algunas inversiones y compro un departamento en La Plata. Nada lujoso, pero desde que Mario y Alejandra se habían ido a estudiar a esa ciudad y decidieron desarrollar sus carreras profesionales en ese lugar, solo Alberto la ataba a la vida lejos de sus hijos.
Nunca más Mario había pisado ese campo. Las últimas veces, en sus tiempos de estudiante, algunas tardes en los veranos. Pero prefería la playa, aun que ahora se arrepienta de su elección. Le parecía, en aquel entonces, un plan aburrido el campo, el calor, el trabajo. Nunca había mamado eso de las tierras, cosechadoras y las vacas. Al menos no con la pasión de Hilario y su padre. O a decir verdad hoy anhelaba los recuerdos, pero el campo no era lo suyo.
Hasta los diez o doce años, ir al campo era asistir a un mundo mágico. En los verano pasaba el día sumergido en el tanque australiano. En otras épocas, las yerras, ir con su caña al arroyo, explorar el terreno, jugar entre las maquinas, todo era un mundo fantástico. Recordaba su infancia con un tremendo sabor a felicidad y en cada recuerdo Hilario se hacía presente.
Sus recuerdos infantiles se despejaron al pasar por el cementerio. Los restos de su padre y sus abuelos estaban enterrados en ese lugar. Mario no tenia apego a la costumbre de visitar a los muertos, pero en ese momento decidió que pasaría antes de volver a Necochea.
Ya estaba llegando al pueblo y la tensión volvía a ganarle el cuerpo. Hacía años que no iba y ahí estaba, inmutable al paso del tiempo, el pueblo que lo vio nacer. Se dirigió a Rivadavia y Pedro N. Carrera, la ubicación de la casa de Hilario. Recordó las historias de Hilario y su padre sobre la laguna que existía en esa zona del pueblo hace décadas. Le llamaban el barrio de las ranas por el ruido que los batracios reinantes emitían.
Llego a la dirección, apagó el motor del vehículo y noto sus manos temblorosas. Bajó del vehículo, cerró la puerta y activo la alarma. -“Espero que nadie me haya visto”- pensó ante la ridícula reacción que tuvo por costumbre. Tomo aire repetidas veces intentando serenarse. Caminó hasta la casa y toco la puerta tres veces. Después de unos segundos de silencio escuchó -“Ya voy”- emitido por una voz femenina, que no era más que la de Mabel, la esposa de Hilario.
-“Mario, querido ¡tanto tiempo!”- dijo la mujer mientras le daba un fuerte abrazo, el cual transmitía irremediable emoción. -“Mabel ¿Cómo estás? Vine a visitarlos”- dijo, utilizando el plural con mucho miedo. -“Pasa nene, pasa…”- Mabel lo dirigía al interior de la casa. La sonrisa y la falta de respuestas le dieron tranquilidad. -“Tanto tiempo sin vernos Marito ¿Cómo está la familia?”-. -“Dejé a las nenas en Necochea con la madre y me vine a tomar unos mates con ustedes. Hace mucho que no los veo Mabel, tengo que pedir disculpas”- apuro a decir. -“Querido, no sabes la alegría que me da verte. El viejo esta con algunos problemitas desde hace un poco más de un año. No sé si sabias. Le diagnosticaron Alzhéimer…”- Mario se mordió los labios. Los nervios comenzaban a ganarle nuevamente. Mabel siguió –“… Igual está bastante bien. Por ahí se confunde, por ahí se pone nervioso, pero anda bastante bien”-.
Mario no sabía que decir. No podía retirarse sin verlo, pero no podía disimular su incomodidad con el momento. Después de unos segundos de silencio, Mabel intento consolar a Mario -“Está bien Marito. Ya estamos viejos. Son cosas que pasan. Según dice el médico, el no está sufriendo. La sugerencia es intentar que él no se ponga nervioso si se confunde o desconoce. Es un poco seguirle el juego. A veces vuelve y a veces no”-.
-“Mabel ¿Es buena idea que me vea?”-. “Pero hijo ¿Cómo no va a ser buena idea? Está en la cama. Vamos a despertarlo de la siesta y vos no te asustes”-. Se levantaron del sillón y caminaron hasta la habitación. Mario seguía a Mabel. Conocía a la perfección la casa, pero esta vez necesitaba la guía de la mujer. -“Viejo ¿Mirá quien vino a visitarte?”- dijo Mabel mientras entraban. Mario se sorprendió de lo delgado que Hilario estaba. Siempre había sido un hombre grandote y tosco. Hilario abrió grande los ojos al tiempo que se pusieron vidriosos. -“Pensé que nunca más te iba a ver”- dijo, mientras se incorporaba en la cama y extendía sus brazos en busca de un abrazo fraternal. A Mario le conmovió el corazón el momento.
-“¡Alejandro querido!”- dijo Hilario, abrázalo. El visitante quedo mudo en ese momento. El parecido físico con su padre era innegable, pero la situación en la cual se encontraba lo desconcertaba terriblemente. Como pudo, miró a Mabel, que con un gesto de su cabeza y un leve movimiento de mano, le indico que siguiera la charla. -“Hilario, amigo ¿Cómo no nos vamos a ver?”- .
-“Ahora que me agarró esta peste me vas a tener que esperar. Pero donde se me pase la tos, vuelvo ¿Cómo estuvo la cosecha?”-. Mario hizo un esfuerzo y comenzó a hablar como si fuera su padre -“Fue buena. Buen rinde hubo. La verdad que ayudo mucho el tiempo”-. Mario no tenía mucha idea de lo que hablaba, pero trataba de usar los términos que le escuchó siempre a su padre. -“Te estamos esperando Hilario. Vos recupérate tranquilo”-.
-“Vieja, prepárate unos mates”- le pidió Hilario a Mabel, que observaba la situación desde un costado. Mabel miró a Mario, el cual le hizo un breve gesto de afirmación con la cabeza. Al retirarse Mabel de la habitación, Hilario consultó -“Hace tiempo que no la veo a Josefina. ¿Cómo anda? Qué raro que no vino”-. -“Bien Hilario. Ahora en Necochea, con las nietas…”- Mario sintió que su mentira tenía una justa causa. De alguna forma no le pesaba. De alguna forma sabía que estaba haciendo bien. Josefina se encontraba en La Plata, pero esa información no podía ser comunicada a Hilario. Todo indicaba que Hilario creía (en ese momento al menos) que Josefina estaba viviendo en el mismo pueblo que él.
-“¿Cómo anda Marito? ¡Qué pibe divino ese!”-. A Mario le costó mucho hablar de sí como si fuera su padre. -“Bien. Muy bien. Está en la plata. Tiene dos hijas hermosas…”-. Mario iba a traer el recuerdo del día que se recibió de ingeniero y del día de su boda, pero creyó que no era conveniente, por eso paró su relato. No quería perturbar el momento.
-“Hoy justo me acordaba cuando ensillabas el tordillo y lo sacabas a pasear de chiquito”-. -“No, yo lo sacaba a pasear en el cacique. Era un bayo hermoso y tranquilo. Le encantaba andar al trote, a los saltos”- corrigió Hilario los propios recuerdos de Mario.
-“Te acordas el día que se cayó a la bañadera de las ovejas… je je je. ¡Qué susto tenía esa criatura! Pensar que ya te hizo abuelo y ahora tenés que cuidar que las nietas no se caigan a la bañadera”-. Los dos rieron. Mario ya empezaba a meterse en personaje, ya estaba empezando a pensar como su padre. Era extraño, pero estaba comenzando a relajarse.
-“Vienen poco al campo las nietas. Salieron al padre”-. Hilario se quedo pensativo unos segundos y soltó -“No los culpo Alberto. Antes era otra cosa…”. Mario, interiormente, sabía que esa reflexión tenía un sentido. Para una persona mayor todo tiempo pasado fue mejor y la razón es muy simple: esa persona era joven en aquel entonces. Sin embargo, las palabras que Hilario siguió emitiendo le hicieron dudar de su reflexión -“¿Te acordas lo que era el campo cuando vos eras pibe? ¿Cuánta gente trabajaba en una cosecha? Las estibas, los Case trabajando. ¿Te acordas lo que era, en aquellos tiempos, la estación de tren?…”-. La mente de Hilario se disparó a tiempos desconocidos para Mario. Desconocidos en carne propia, pero no en la de su padre. Por eso empezó a encadenar las historias que Alberto le contaba de aquellas épocas, de las épocas de juventud, en las cuales empezaba a trabajar el campo con su padre Enrique, es decir, su abuelo.
-“No digo que este mal la modernización Alberto, pero vos viste la vida que había en aquellos años en el campo. Ahora es otra cosa. Estoy viejo, perdóname, pero mis mejores días fueron esos. Las fiestas de navidad y fin de año que no pudimos festejar para levantar la cosecha. Las mañanas haciendo almuerzo chico para llenar un poco la panza y sacarnos el frió. Ver decenas de perdonas trabajando todo el día…”-. Hilario empezaba a ponerse nostálgico cuando llegó Mabel con el mate en la mano. Él, no era hombre de andar demostrando flaquezas y mucho menos delante de su mujer. Por eso cambió el tema rápidamente -“¿Te acordas vieja el día que enrique cayó en el campo con el Ford 46?”-. -“¿Cómo no me voy a acordar viejo? Cuidado. No te vas a quemar con el mate”-.
Mario no había visto una foto siquiera de ese automóvil, pero hacia todos los esfuerzos por disimular con naturalidad y hacer los gestos necesarios-“¿Y la Studebaker Champ ´62? ¿Te acordas cuando el viejo compró la Studebaker?”- Mario no había alcanzado a conocer esa camioneta, pero por alguna razón siempre había recordado el nombre. Studebaker, era un nombre que recordaba por no haberlo vuelto a escuchar jamás más que en la memoria de su padre y abuelo. -“¿Cómo me voy a olvidar? me acuerdo cuando la volcaste. No quedó nada de esa camioneta. ¡Qué increíble que no te hicieras nada!”-. Mario no sabía esa historia. Posiblemente su padre se la había escondido para no perder autoridad en sus consejos y pedidos de prudencia en el manejo. Debía morderse para no indagar cuál era la historia escondida. Se moría de ganas de pedirle -“Hilario ¿No me recordas como fue mi vuelco?”- pero no podía arriesgarse. En cambió, optó por comentar -“Si ¡Qué susto me pegué ese día!”-.
-“Qué linda época Alberto. Qué suerte que viniste a verme. Me haces recordar cosas lindas. Cuando fuimos a comprarnos los Di Tella juntos…”- Mario se acordó de esa historia. El primer automóvil que su padre se había comprado, le había pedido a Hilario que lo acompañé. Al viejo le había gustado el auto y decidió comprarse uno. Mabel casi lo mata ese día. -“Ni me hables de ese día viejo. Qué inconsciente, no sabias como lo ibas a pagar y lo compraste igual”-. Los tres se rieron mientras el mate seguía su vuelta. -“Tenemos que hacer un asado con las familias…”- comentó Hilario. -“Hace mucho que no veo a Alejandra, Marito y Josefina. Hace rato que no te veía a vos”-. Mario asintió con la cabeza, con la culpa de saber que eso jamás iba a suceder. -“Lo podemos hacer acá… o en el campo mejor. Yo lo hago. Donde me mejore organizamos y comemos todos juntos, como en las viejas épocas. ¿Te parece?”-. Mario no quería emitir una afirmativa cargada de falsedad. Sonrió, con algo de tristeza que no pudo contener al recordad esos almuerzos y se limitó a asentir con la cabeza. Tenía mucho miedo de que su tristeza llegara a Hilario, que el viejo reconozca algo extraño en ese momento. Su mente se disparó a pensar en la falta de su padre, en la venta del campo. Mabel notó la situación y decidió interceder en la conversación. -“¿Y Alejandra como anda?”-. Mario volvió a la realidad con la pregunta. -“Bien. Atendiendo el consultorio todo el día. Pedro esta enorme. Ya tiene quince años. Pero están muy bien”-. -“Es dentista ¿no?”- consulto Hilario y a Mario le causo gracia. Alejandra siempre fue su protegida y que en este momento recuerde la profesión de su hermana no era más que una clara muestra de eso. -“Si, es de odontóloga”- contesto Mario.
-“Acá tengo siempre conmigo a Alejandra”- dijo Hilario, señalando la foto en su mesa de luz. La foto era del egreso de secundaria de Alejandra y ambos estaban sonrientes y radiantes abrazados. Para su consuelo, también había una foto suya, de niño, en brazos de Hilario.
-“Bueno Hilario, voy a arrancar porque tengo que ir al campo”- dijo Mario, impostando lo que hubiera dicho su padre. -“A ver si empezas a venir más seguido…”- contesto Hilario y siguió, sin olvidar el asunto del asado -“…Queda pendiente el almuerzo en familia. Igual yo en cualquier momento vuelvo a trabajar Alberto, no te preocupes. Donde se me pase esta peste vuelvo”-. -“Descansa tranquilo que esta todo bajo control. Lo importante es que descanses y te recuperes”-. -“En eso estamos amigo, pero tampoco quiero abusar”-. La lealtad de Hilario conmovió nuevamente a Mario, quien tuvo que darse vuelta para no dejar ver sus ojos vidriosos.
-“Bueno Hilario, hagamos una cosa: yo paso la semana que viene a ver como seguís. Si estas mejor arrancamos para el campo ¿Te parece?”-. No quiso abusar de su actuación, pero las cosas se encadenaron de esa forma, cuando siguió diciendo -“En dos semanas hay un remate. Si estas mejor me acompañas y de paso organizamos el asado familiar”-. La cara de Hilario se iluminó al instante. Mario, se dio cuenta que se había excedido en sus palabras, pero eran palabras de cariño, sabiendo que era muy posible que un rato más tarde el viejo Hilario no se acordara del asunto.
-“Bueno viejo, arranco nomás”- dijo Mario, al tiempo que se abrazaban. Al terminar el abrazo, algo extraño sucedió en los ojos de Hilario. Es muy posible que el cuerpo de Mario no tuviese la contextura de un hombre de campo y eso le haya generado alguna duda. Los dos se miraron, Mario intentando entender lo que pasaba por la cabeza de Hilario. La mirada del anciano era de desconcierto, pero con un dejo de felicidad.
Dos semanas más tarde Hilario partió a encontrarse con Alberto. Esta vez si iba a poder nadar en sus recuerdos con su amigo. Cuenta Mabel, que en las dos semanas que siguieron, Hilario estuvo tranquilo y feliz. Se fue con una sonrisa en su boca, a algún lugar que posiblemente se llame “La Salada”, donde haya un bayo llamado Cacique, donde se coseche con cosechadoras de arrastre. Porque al fin y al cabo ese es el cielo de Hilario.

 

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Llantos ridículos de un hombre alto

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Hay momentos en la vida donde uno no domina sus reacciones. No sabe que estimulo llegará de repente y detonará una reacción, sea esta cual fuera. Tampoco elige uno la talla de su cuerpo y la visibilidad que esto genera a esas reacciones.
Ya les conté que mi madre (Silvia) tuvo un ACV en septiembre del dos mil trece. Les conté mis primeros encuentros con ella. Hoy voy a seguir, pero contando algunas secuelas de esos eventos.
Silvia estuvo cuatro días en terapia intensiva. Fueron días largos, atados a interrogantes. Las visitas eran cortas y uno se limitaba a pasar y decirle algunas palabras y volver a salir.
La carga emotiva era enorme. Llego el viernes y nos dimos cuenta que faltaban provisiones en la casa. Silvia hacia las compras todos los viernes y era natural que ese día nos diéramos cuenta que faltaban cosas. Cada viernes me pedía que la acompañe dos cuadras a una reconocida cadena de supermercados, para comprar la mercadería necesaria en la semana siguiente. Era una rutina. Era nuestra rutina. No solo era hacer compras, sino charlar, reírnos, etc. Ese día, Silvia no estaba y las compras de la semana anterior se estaban agotando. Alguien tenía que ir al supermercado.
Con mi hermana menor (Mercedes), armamos una lista y fuimos hasta el super. Entramos, agarramos un chango y empezamos con la recolección. Los dos charlábamos mientras verificábamos las cosas que hacían falta. Todo iba bien. Estábamos por terminar el recorrido cuando recordé que hacía falta yerba. Mer se acordó de otra cosa y se fue para el otro lado. Yo caminaba entre las góndolas buscando la marca que consumíamos, cuando Silvia se vino a mi mente. Posiblemente por su torpeza extrema eligiendo una yerba como la gente, o la soledad de esa caminata (o una combinación de ambas), cuando me agaché a buscar el paquete, un llanto estruendoso se apodero de mí. Desconsolado, entre yerbas y cajas de té, Mercedes me miró desde la otra punta y me dijo: -“¿Tan cara está la yerba Nano?”-
Al día siguiente, una llamada nocturna nos avisó que mi vieja estaba siendo trasladada a habitación normal. Necesitaban urgente una cama en terapia y Silvia era la paciente más estable. Salimos corriendo a verla y a hacerle compañía. Lo que va en esta semana será motivo de otro cuento, pero con el correr de los días, los médicos nos fueron aconsejando una internación permanente en una clínica de rehabilitación. Nos recomendaron una en particular y conseguimos lugar en esa. La decisión era muy difícil, pero entendimos que era lo mejor, así la pudiéramos ver treinta minutos al día.
Fue pasando la semana y los médicos nos fueron diciendo que estaba llegando el momento del traslado. Para el sábado siguiente estaba todo coordinado (ambulancia y recepción en la clínica). Llego el sábado y la ambulancia se retrasó horas. Entre llamadas y pedidos de paciencia, la ambulancia llegó y subí con Silvia para realizar el viaje. Fue un día larguísimo y el tiempo de viaje hasta la clínica fue de unos cuarenta minutos. Encerrado atrás, sin tener idea de donde estábamos y pendiente de la vieja, fue una situación tensa, rara.
Llegamos después del horario de visita e hicieron el ingreso. Después de unos saludos, tuvimos que emprender el regreso, sabiendo que hasta el día siguiente (y por solo treinta minutos) no la volvíamos a ver. Volvía con una sensación de angustia impresionante en mi pecho, cuando pasamos por Plaza Malvinas y vimos que había una fiesta de la cerveza. Mi ánimo no estaba para fiestas, pero ante la insistencia de “cambiar de aire” bajamos a tomar una cerveza e intentar pasar un rato más o menos agradable.
Les juro que todo iba bien. Me había encontrado con algunas personas, la tarde estaba linda y mi cabeza empezaba a relajarse. Entonces algo tuvo que suceder. Un muchacho muy parecido a Pappo subió al escenario, con una guitarra Les Paul. Entonces toco los acordes que me hicieron quebrar el alma. Una vez más (esta vez en la fiesta de la cerveza) un hombre alto lloraba ridícula y desconsoladamente, mientras alguien arrancaba la frase: -“Nada como ir juntos a la par…”-

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Palabra clave: Sangre. Se dieron muerte

torero

Después de cumplir todos los rituales, el tercio de varas y el tercio de banderillas, Paco entró en el tercio de la muerte. Se encontró a solas con el animal en la plaza. Era un toro bravo, lo notaba hasta en su mirar.
Con la muleta y espada en mano, no hizo falta demasiado trabajo para que el animal reaccione. Paco elegía, cuidadosamente, cada uno de sus pases. No solo quería impresionar a todos los presentes en la plaza, sino que debía tener cuidado. Era evidente que el toro no había cansado su cuello contra el caballo en el primer tercio.
El torero empezaba a tomar confianza en cada pasada. El reloj corría, pero era evidente que estaba a tiempo de cansar al animal. Después de un pase cambiado por la espalda, seguido de un molinete de rodillas, la plaza empezaba a festejar cada movimiento. El toro y el torero estaban a la altura. Paco empezaba a pensar en cortar orejas.
Después de una excelente actuación, llegaba la hora de cerrar la faena. Paco busco la ubicación precisa para dar la estocada. Acomodo la muleta y puso en dirección su espada. Cerró su ojo derecho para apuntar en dirección del lomo del animal. La plaza estaba en absoluto silencio.
Al iniciar la maniobra, ambos corrieron al encuentro. Paco sintió como la espada comenzaba a entrar en el cuerpo del animal, al mismo tiempo que sintió el inconfundible olor a sangre. Pero algo le llamó la atención. También sintió gusto a sangre.
Cayeron ambos, uno atravesado por la espada y otro por el cuerno del toro. Paco bajo la vista y vio los ojos del animal y supo que los dos estaban muriendo.
Cerró los ojos, soltó la muleta, la espada y tomo ambas orejas del toro. Soñó, en el corto tiempo que siguió, la plaza dando sus honores y el con las dos orejas, embebidas de sudor y sangre, triunfante, inmortal.

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Palabra clave: Sueño

hamacas

Carlos se encontró caminando de la mano con su madre a la plaza. Era un hermoso día soleado de primavera. Su madre, sonriente, tomaba su mano con una tierna firmeza mientras cruzaban la calle. Una vez que llegaron a la plaza le consultó: -“¿Querés que te hamaque?”-. Carlos, o Carlitos (como lo llamaba cariñosamente su familia), asintió con la cabeza. Se subió a la hamaca y su madre comenzó a empujarlo.
Durante las primeras tres elevaciones todo iba bien. Sin embargo, al cuarto empujón, algo extraño sucedió en su cabeza. Un nombre se fijó en su cerebro “Catalina”. ¿Por qué ese nombre aparecía en ese momento? De pronto ese nombre tuvo cara. Una niña morocha y con cara simpática.
-“Catalina, mi hija”- pensó Carlitos en lo alto del trayecto. -“Esto es un sueño…”- reflexiono -“…mi madre falleció hace años. Yo soy mayor, estoy casado, tengo una hija, soy ingeniero civil…”-.
La sensación era rarísima, pero Carlos tenía la certeza de que debía disfrutar, estaba convencido que estaba soñando y sabía que de un momento a otro iba a despertar. Sabía que uno despierta al darse cuenta que algo es un sueño. Estaba disfrutando de la presencia de su madre, de su voz, de su contacto, de su mirada. Muchas veces sintió temor de olvidar esas sensaciones y por eso decidió relajarse y disfrutar el tiempo que le quedaba con ella.
Pasaron un tiempo en la plaza. Después de la hamaca su madre lo esperó, repetidas veces, en la parte baja del tobogán. -“Hijo, vamos que está empezando a hacer frio”- dijo tomando nuevamente la mano y caminaron hasta la casa. Carlos seguía preguntándose cuando iba a despertar.
En el momento exacto en que probó el primer sorbo de chocolatada, su madre apoyo el plato de panes con manteca y azúcar. Agarro un pan, lo mordió y supo que no había posibilidad alguna de replicar en un sueño esas sensaciones. Entonces pensó: -“¿Y si soñé que era grande, que estaba casado, que tenía una hija? ¿Si soñé el resto de mi vida?”- .

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El hermano imaginario

Hoy un cuento de una invitada: Ana Guerberof Arenas, dueña del recinto https://anaguerberof.wordpress.com/
Hermoso cuento ¡Gracias Ana por el permiso!

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«¿Te parece bien acá? ¿Ya estás filmando? Bueno, es un poco difícil explicar cómo pasó todo. No sé si te voy a contar las cosas medio enquilombadas. Si vos querés que te aclare algo, avisame. Mirá, recuerdo que desde que yo era muy chiquito decía que tenía un hermano gemelo que se llamaba Alberto. Pero yo no tenía ningún hermano, claro, solo tenía dos hermanas mayores que yo: Verónica, que me llevaba diez años, y Marcela, cuatro. Con Marcela éramos más amigos por la edad, crecimos juntos.

»Así que todos se lo tomaban a joda ¿viste? No me extraña, un petiso como yo que hablaba con un ser imaginario, lo veían como un capricho de chico. Y me decían: “Ah, y tiene nombre y todo tu amigo invisible”. Y yo contestaba muy enojado para que lo entendieran bien: “No es mi amigo, es mi hermano gemelo”. Marcela se prendía de la invisibilidad. Imaginate el potencial tan enorme que tenía este personajes para nosotros. “Decile a Alberto que venga a jugar con nosotros”. Yo servía de médium o intérprete. Hacíamos programas de televisión donde Alberto era el invitado o jugábamos a las cartas y repartíamos para los tres, aunque yo jugaba por él. De repente yo decía: “Alberto dice que quiere un leche con Nesquik y galletitas” o cualquier otra boludez de esas. Era obvio que lo utilizaba para lo que yo quería pero también me hacía compañía. Antes de irme a dormir, por ejemplo, cuando apagaban la luz, me daba mucho miedo y entonces me ponía a hablar con él, muy bajito, sobre lo que íbamos a hacer al día siguiente. Después me fui haciendo grande, empecé a hablarle en silencio para no despertar sospechas o risas entre la gente grande. Tampoco querés que te tomen por loco. Pero ya te da una idea de que me ocurrían cosas a mí, así de bien chiquito.

»En la adolescencia medio lo borré por completo. ¿Sabés cuando soñás algo muy real y decís me voy a acordar, me voy a acordar, pero después te levantás y se te olvidó todo? Lo intentás pero no te acordás de nada. Así que bueno…abandoné un poco a Alberto. Pero creo que estaba presente, como si fuera una cosa de piel ¿viste? Era una presencia desdibujada. Pero realmente sí, poco a poco, todos nos fuimos olvidando de Alberto y quedó como una fantasía de chico, como cuando dicen: “De chiquito no podías decir ‘pantalón’ y decías ‘pantalón’”. Así quedó, como una fantasía.

»Cuando acabé la secundaria, decidí no entrar en el ejército como venía siendo la tradición familiar. No es que no me gustara la vida militar sino que yo veía que me faltaba el carácter castrense. Pensé que me iban a matar en casa. Fijate que yo era el único varón, el único que podía continuar con la larga estirpe de tenientes, capitanes, tenientes coroneles y voy y digo: “Es que no sé. Ya sabés que soy un poco tímido y me gusta hacer las cosas a mi manera”. ¿Sabés qué pasaba? Yo no me sentía con la autoridad que les veía a los otros familiares militares y que, además, les había llevado a ascender en la carrera. Imagino que fue un golpe duro porque ahí se acababa la saga por nuestra parte. Pero la verdad es que se lo tomaron bien. Ya sabían que yo no tenía las cualidades innatas, me conocían, claro. “De lo que se trata es de hacer algo que te convierta en una persona de provecho”. Así que me matriculé en ingeniería, otra carrera que estaba bien vista. No dije: “Quiero ser actor” o algo así. Se hubieran muerto. A mí, la ingeniería no me apasionaba pero sacaba buenas notas y podía acabar la carrera. De hecho, así fue ¿no? Me fue muy bien, trabajo bien, no me puedo quejar. Pero eso medio que te da más pistas.

»Y un día vino mi novia a casa. Sí, la que conociste el lunes. Hacía tiempo que salíamos pero fue la primera vez que vino a comer a casa con toda la familia. Una presentación formal. Entonces ella va y se queda mirando las fotos. Las típicas fotos que hay en todas las casas: los tres haciendo la comunión, cuando acabé la secundaria, el casamiento de Verónica, la graduación de Marcela. Se quedó mirando las fotos un rato largo mientras nosotros poníamos la mesa. Ella es mucho más curiosa y observadora que yo. Había, sobre el mueble del comedor, unas fotos de cuando éramos bebitos. Había dos prácticamente iguales, hechas en el mismo estudio y todo. Eso que se nota, el bebé en la misma postura, mirando a la cámara sonriente, el mismo decorado detrás. Mi novia me pregunta: “¿Y la tuya?”. Y yo le digo que creo que esa es la mía. “Ese no sos vos”, me dice. “Esa parece Marcela y esta otra debe ser Verónica”. Me sorprendí de que ella lo viera tan claro. Para mí todos éramos muy parecidos y nunca le di ni una vuelta al tema de las fotos. Yo ni las veía, formaban parte del mobiliario. Siempre había asumido, no sé… pero me puse a fijarme y la verdad es que no me parecía a ninguna de las dos fotos. Además, ¿viste que yo tengo ojos claros? Y no me acordaba si me habían dicho que yo era uno de las fotos o si yo siempre lo vi así. Pensé que simplemente yo había decidido que yo era ese bebé y punto. Y me acuerdo que le dije: “Es que como soy el más chico, ya no hicieron más. Ya no era novedad”. Y ella se río, nos conformamos con esa explicación medio improvisada mía pero también muy posible. Pensé que después preguntaría pero, al final, no pregunté. Igual, la idea se quedó ahí latente.

»Hasta que una tarde necesitaba un certificado del secundario y me fui a las cajas con todos los papeles que se guardaban en el armario del cuarto de Verónica. Hacía tiempo que se había casado, ya habían nacido mis sobrinos, y su cuarto se había convertido en el almacén de todo. Bajé varias cajas del estante de arriba. Descubrí fotos sueltas de cuando éramos chicos: todos en un asado en el cuartel, unas vacaciones en la playa, el viaje al sur. Lo pasamos tan bien en ese viaje al sur de camping… bueno, y ahí cuando subo la caja de nuevo, ¡bum!, se cae un sobre grande marrón. El sobre tenía todos mis papeles. Los tuve que mirar varias veces porque no me lo podía creer. Habré estado una media hora como procesando la información y pensando en todo lo que me había llevado a ese momento. Como en las películas, que van mostrando imágenes que justifican la llegada de ese instante. Fue como un temblor de los cimientos, como un terremoto, sentía que se hundía el piso, que perdía estabilidad. Medio tambaleándome, me fui con el sobre para el living. No sé si en ese momento buscaba confirmación o más bien consuelo.

»El televisor estaba encendido, no sé si era la hora de la telenovela. Entonces me acerqué a mi mamá —la que yo creía que era mi mamá— que estaba mirando fijamente, como hipnotizada, la televisión. Me quedé ahí parado sin poder hablar. Yo creo que lloraba pero no sé, está todo muy borroso lo de ese día. Sé que no sabía cómo empezar. Fueron unos segundos, quizás, pero se me hizo eterno. Y ella se dio cuenta de que yo estaba ahí, se giró y vio el sobre que yo llevaba. Ahora… no sé… pienso que tampoco lo escondió mucho, que a lo mejor quería que yo lo encontrara ¿viste? Esas cosas que hacés de manera inconsciente. Ella se dio cuenta de todo al toquecito nomás, me sostuvo la mirada un ratito como con mucho cansancio pero no me dijo nada. Solamente bajó la mirada, así, mirá, hizo así… me pareció que se había encogido y se había fundido con el sofá. Y ahí pensé en Alberto, en mi mundo paralelo, porque yo, en realidad, me llamo Alberto, aunque eso no lo sabíamos entonces. Todo eso vino después. Y así empezó la búsqueda de mi verdadera familia, el encuentro con mi abuela… Y bueno, lo demás ya lo sabés, ya hablaste con ella. El resto ya es historia.»

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